“Recuerdo que no noté nada al principio, fue algo progresivo, poco a poco. Al cerrar la puerta de casa y echar la llave me percate que el ambiente era distinto. A pesar de ser pleno invierno y no haber cruzado la franja del amanecer percibí que la temperatura era mucho mayor que otros días, acompañada de una sensación pegajosa, muy similar a la que se siente en las zonas de costa.

Permanecí dos, tres segundos en el porche de la casa analizando la situación. “¿Tengo fiebre?”. Fue todo lo que pude plantearme. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un extrañísimo sonido que parecía provenir de ninguna parte. Baje las escaleras, maletín en mano y alcancé la calle. Otra vez. Retumbaba desde las colinas más cercanas hasta donde yo me encontraba y parecía volver de nuevo al punto de origen.

Yo no era el único sorprendido por la situación. Varios vecinos, algunos incluso con bata y pijama, solos o acompañados de sus hijos, salían a escuchar. El misterioso tambor se repitió de nuevo, no obedecía orden, ritmo o tiempo alguno. Nos miramos unos a otros, sin explicación.

Absorto en aquel sonido atronador que parecía provenir del mismísimo abismo, olvide por completo el calor, casi primaveral, que se había adueñado de aquellas horas. Me deshice del pesado chaquetón y afloje la corbata, tomando algo de aire. Otra ráfaga de ruidos, ora del norte, ora del este. Los niños pedían a sus madres que los llevaran de vuelta al hogar, aquello daba miedo.

Saque de la chaqueta el teléfono y miré la hora. “Llego tarde a trabajar”. Me detuve. Mis ojos pasaron raudos de la hora a la fecha. Nunca había prestado atención, ni había hecho el más mínimo caso a las noticias y a los vaticinios pero aquel era el 21 de diciembre de 2012.”

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