“El infante a penas superaba los seis años de edad, y ya mostraba unas dotes extraordinarias para la prestidigitación. Su maestro, Monsieur Bonnet, era un reputado ilusionista, avezado en las más complejas ramas de la magia y un estupendo teórico reconocido por sus colegas de profesión que en aquella etapa de su vida había decido dedicar todos sus esfuerzos, como suele ser costrumbre entre los más grandes magos, a la formación e instrucción de nuevos artistas.

El jovencísimo Antoine Gaudet trabaja durante todo el día en el taller de su maestro, construyendo nuevos artilugios, preparando los espectáculos de los aprendices más avanzados y estudiando intensamente día y noche para cumplir con las expectativas que Monsieur Bonnet tenía puestas sobre él.

Pasaron los meses y Antonie Gaudet se estaba convirtiendo en uno de los mejores alumnos de la escuela, no obstante la mente de aquel niño seguía dando vueltas a una incógnita que lo atenazaba desde que comenzó los primeros días como aprendiz de mago.

Una noche, justo después de un excelente espectáculo que la famosa escuela de Monsieur Bonnet había ofrecido en la pequeña ciudad de Asnières-sur-Vègre, el joven aprendiz detuvo a su maestro, y aprovechando el alborozo, le inquirió de la siguiente manera:

– Querido maestro, sabe que desde que llegué a esta ilustre escuela he depositado todos mis esfuerzos, trabajando con tesón para satisfacerle – el maestro asintió solemnemente, ratificando todas las palabras del aprendiz – durante todo este tiempo he practicado todas las ramas de la magia, he estudiado las técnicas y métodos y he profundizado en las teorías más complejas – Monsieur Bonnet se apoyó sobre un baúl cercano y terminó de escuchar al joven – Pero después de todo este estudio, le ruego maestro ilustre mi mente y me libere de esta duda que atenaza mi alma día y noche, revelándome las auténticas palabras mágicas que se esconden detrás de nuestro arte.

Monsieur Bonnet lo miro por encima de sus anteojos, y viéndose reflejado en aquel joven muchacho, solo pudo sonreír, sintiendo en su corazón la fuerza que a veces irradia la ilusión de un niño.”

 

Pequeño relato basado en una bonita anécdota que un día nos contó nuestra amiga y directora de la Gran Escuela de Magia, Ana Tamariz. Que vaya este relato a ella dedicado y a todos los que aún sienten el niño interior que ocupa sus corazones.

 

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