La ouija es un tema que ha atraído a millones de personas de todo el mundo y de todos los tiempos.  Su origen se remonta al Antiguo Egipto, cuando se utilizaba un sistema parecido que contaba con un anillo de piedra que el maestro de ceremonias suspendía por varios hilos. Tras evolucionar en diferentes partes del mundo y de la historia, tales como Grecia o China, no fue hasta los siglos XIX y XX cuando realmente se consolidó. Concretamente, fue en 1853 cuando M. Planchette realizó un diseño propiamente dicho. Pero tras varios diseños, en 1966 compró los derechos y es el actual fabricante.

Sobre la ouija es preciso decir que se trata de un “juego” o un “instrumento” por el cual se pretende abrir una comunicación con los espíritus del más allá. Consta de un tablero con todas las letras del abecedario, los números del 1-9, incluyendo el cero al final, y, según la variante, las palabras “hola” adiós” “sí” “no”, y en algunos casos “quizás”.

En la práctica, los participantes colocan las yemas de sus dedos sobre una ficha con forma de corazón, mientras, el maestro va lanzando preguntas al aire. Y ahora viene la problemática del juego, ¿son realmente los espíritus los que responden a las preguntas o es nuestro subconsciente?

Los autores de “Los engaños de la mente”, libro que recomendamos encarecidamente a todo lector,  ha realizado un estudio neurocientífico sobre la cognición humana que da respuesta a este interrogante. Al parecer se trata de una conjunción de dos elementos: por un lado, la denominada “correlación ilusoria” que sería <<ver una relación entre sucesos cuando no existe demostración objetiva alguna de esa relación>>. De esto se deduce, que si durante la práctica de este “juego” ocurren ciertos hechos inusuales (corrientes de frío, ruidos extraños, bombillas que explotan) el cerebro se encuentra predispuesto para sospechar que ambos hechos están relacionados. Por otro lado, encontramos el “efecto ideomotor”, que se atribuye a pequeños movimientos involuntarios que el cuerpo realiza de forma inconsciente. Si se aúnan estos movimientos de los participantes, el movimiento puede hacerse mayor e, inconscientemente, dirigir el puntero de una letra a otra. Es decir, el movimiento está en parte sugestionado por nuestro inconsciente que ya sabe la respuesta.

Para los incrédulos, les animamos a probar el experimento que nos proponen Susana Martínez-Conde, Stephen L. Macknik  y Sandra Blakeslee, autores del libro arriba mencionado que consiste en realizar el “juego” de la Ouija, pero con los ojos cerrados, de forma que no veamos las letras. ¿La respuesta? Números y letras sin sentido.

Fuente:

 

Autoria: Paloma Canseco Muñoz (@robinandaudrey)

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