– Tiene suerte de que haya sido en medio de un espectáculo, así tiene a 350 testigos – comentó el policía soltando una carcajada al final – Aún no podemos determinar las causas de la muerte, pero por lo que nos ha dicho, todo apunta a un ataque de ansiedad. ¡La próxima vez escoja mejor a sus voluntarios!

Se encontraba rodeado de una muchedumbre de gente que intentaba averiguar algo de lo ocurrido. Murmullos. Rumores. Críticas. Sospechas. Ya no eran solamente las voces a su alrededor, eran las voces dentro de su cabeza. ¿Era pura casualidad? ¿Locura acaso? ¿O era todo una estratagema de los escépticos que le acosaban continuamente?

Vio como el cuerpo se alejaba en la ambulancia y los oficiales retiraban el cordón de policía. Él seguía en shock, incapaz de dar un paso, incapaz de articular palabra. Las imágenes de lo ocurrido pasaban una y otra vez por su mente. <<Se te ha acabado el tiempo>> repetía. <<Se te ha acabado el tiempo>>.

Una gota. Dos. Tres… y, de repente, muchísimas. Tan solo la lluvia fue capaz de sacarle de su ensimismamiento para descubrir que apenas quedaba gente a su alrededor. Estaba solo, y sin tiempo.

 

*                                                                *                                                          *

 

-¡Riiiiiiiiiing! ¡Riiiiiiiiiiiiiing!

-¡Riiiiiiiiiing! ¡Riiiiiiiiiiiiiing!

-¡Riiiiiiiiiing! ¡Riiiiiiiiiiiiiing!

 

Se despertó sobresaltado y extendió el brazo hacia la mesilla, donde el teléfono no cesaba de sonar. Tras varias vacilaciones, consiguió alcanzar el auricular y descolgó.

-¿Diga? – dijo con voz ronca y somnolienta. No hubo respuesta. – ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? – Se podía escuchar una respiración, relajada, pero ninguna palabra. – ¿Oiga? – la llamada se cortó.

¿Quién podía haber llamado en mitad de la madrugada? ¿Tendría que ver con lo acaecido por la tarde? Tantas incógnitas. Tantos sucesos sin explicación. Y ¿Por qué a él? ¿Por qué ahora? ¿Por qué ahora que había superado lo sucedido hace cinco años y había vuelto a los escenarios?

El sueño le había abandonado por completo y se enfrentaba a una noche en vela a solas con sus pensamientos. <<Quizás la lectura me distraiga un poco>> pensó. Alargó la mano hacia el interruptor. Una débil luz iluminó la habitación. El pánico le empezó a invadir todo el cuerpo. Pánico que se tornó en horror a los pocos segundos. Miraba sus manos, por ambos lados. Estaban llenas de sangre. El corazón le empezó a latir muy fuerte. No podía respirar. Se ahogaba. No entendía nada. Observó a su alrededor enloquecido, buscando una respuesta.

Sus ojos la descubrieron. Su mente no pudo asimilarla. Cayó inconsciente. En la pared de enfrente, escrito con sangre, rezaban las letras:

 

 

                                                D                      I                       E

 

Autoria: Paloma Canseco Muñoz

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