El público se quedó en silencio absoluto, se miraban unos a otros. Finalmente, sonó un aplauso, y luego otro, y luego otro, y así hasta que se llenó la sala. No lo entendía. No le creían. Se pensaban que era una broma. Pero él sabía que no. Alguien estaba pensando en una muerte. En una muerte que aún no había ocurrido, pero que poco le faltaba.

El primer acto del espectáculo sucedió sin contratiempos. Adivinaciones de nombres, de procedencia de objetos… Telekinesia… Todo seguía su curso. Algún chiste para aligerar tensión. Pero ni rastro de aquellos pensamientos. Aquel presentimiento, aquella llamada de atención no se había vuelto a producir. Diez minutos de descanso.

Volviendo al camerino, intentaba recordar aquella sensación que había tenido al comienzo del espectáculo. Estaba tan seguro… pero no había vuelto a percibir nada raro. Entró en su camerino, se sentó en el diván y se aflojó el nudo de la corbata al tiempo que cerraba los ojos y exhalaba profundamente. De nuevo, ese escalofrío. Se incorporó inmediatamente y dirigió la mirada hacia la mesa; la fotografía yacía ahora tumbada y el cristal estaba resquebrajado. La incorporó, la zona en la que salía su compañero aparecía quemada. Miró a su alrededor, pero no había nadie.

-Para el siguiente acto, voy a necesitar un voluntario. Alguien especial, alguien que tiene una inquietud esta noche. – Intentaba atraer los pensamientos de aquella fuerza de nuevo. Buscaba entre las butacas. Miraba a los ojos de cada uno buscando una respuesta. Un sentimiento de contradicción se generaba en las mentes de los asistentes, querían salir, pero les daba miedo.- Usted, sí usted – señaló a un hombre que agachaba la cabeza y mantenía la mirada en el suelo- ¿puede subir al escenario, por favor?

Era un hombre misterioso, encorvado, ataviado con un largo abrigo marrón desgastado por el uso. Aunque no parecía mayor, caminaba como si sobre sus hombros descansase el peso de los años, de las experiencias. Tenía el pelo castaño, pero revuelto y como sucio. No le miraba en ningún momento. Paso a paso. Muy lento, como si no quisiese subir.

 -Siéntese en esta silla, por favor. – El hombre le miró como incrédulo, pero se sentó y siguió cabizbajo. Intentaba percibir cuál era su nombre, pero no conseguía recibir ninguna señal. Aquel hombre estaba como vacío. – ¿Puede decir su nombre al público por favor? – El hombre no pronunció palabra, ni se inmutó. – ¿Disculpe? ¿Puede decirnos su nombre?

De pronto, el hombre se levantó, y le miró fijamente. Los ojos eran de un azul muy claro, pero sin vida. Le puso la mano en el hombro y empezó a temblar como si de un ataque epiléptico se tratara. Cada vez más rápido. Cada vez más fuerte. Su mano, en cambio, no soltaba su hombro, sino que lo apretaba con más fuerza. Comenzó a murmurar palabras sin sentido, como en otra lengua, mientras que su cuerpo no dejaba de zarandearse. Más rápido. Más rápido. Más fuerte. Más fuerte. Tras unos segundos, se paró súbitamente.

– Se te ha acabado el tiempo – murmuró con una voz muy profunda y grave.

Y de pronto el cuerpo cayó inerte sobre el suelo.

Autoria: Paloma Canseco (@robinandaudrey)

Anuncios