Estoy absolutamente convencido que los temas te persiguen. Te persiguen, te alcanzan y te transforman. Es curioso como unas veces buscamos a las Musas como locos y otras veces Ellas nos buscan a nosotros, casi hasta el punto de que te sientan delante del ordenador y te ordenan “escribe y da forma a esta idea”.

Para mi el tema es la Muerte. Demasiado profundo dirán unos y demasiado atrevido dirán otros. Yo les digo a ambos que no trato de convencer a nadie de nada y que mi único objetivo, si es que tengo uno, es dar forma a mi pensamiento y volcar mi humilde opinión en este rinconcito solitario de la web.

Desde hace unos meses mi libro de cabecera es el escrito por Philippe Ariès y titulado “El hombre ante la muerte”. Más que un libro de consulta, una enciclopedia de la Muerte. Leído y releído a pequeños sorbos, como un buen vino tinto. Tan extenso que te dice “no me leas si solo tienes un rato. Léeme cuando quieras derrochar el tiempo sabiamente”. He sido incapaz de leerlo en mis huecos libres, he sido incapaz de leerlo de viaje, este curioso libro me ha obligado a sentarme en el sofá, encenderme un cigarrillo y prestarle toda mi atención. Quizás me podrán llamar exagerado pero los sentimientos son así, cuesta que el otro los entienda al cien por cien.

Esta reflexión no es ninguna suerte de exaltación del “carpe diem”, resultaría demasiado evidente o arquetípico. Es una invitación al lector a reflexionar sobre su propia existencia. No rechazo en absoluto dedicar en el futuro una entrada de blog a hablar sobre la Muerte en el sentido en el sentido más colectivo, “¿por qué estamos aquí? ¿a donde vamos cuando nos invade la muerte?” pero hoy no hablo de eso, hoy hablo de la Muerte más intimista, de la Muerte personal.

Invito al lector, como digo, a que se siente y piense en la Muerte. Pero no “a la ligera” eso es relativamente sencillo, e incluso se puede despachar la cuestión con facilidad haciendo referencia a “no voy a dedicar mi tiempo a eso” y esbozar una sonrisa socarrona. Le invito lector, a que realmente piense en su existencia o en la ausencia futura de la misma, quizás no ahora, quizás no mientras recoge la casa o se lava los dientes, pero quizás sí justo antes de caer en los brazos del sueño. Que piense en su inevitabilidad.

Igual que le sucedía al reo condenado a muerte al pasar por los diferentes estados emocionales cuando conocía que iba a morir, puede usted padecer una situación similar. Hablo de memoria recordando esos distintos estados que reproducía la mente o el corazón del reo la misma mañana que despertaba para ir al cadalso. Estados que iban de la rabia absoluta, en una situación de rebeldía y de negación del hecho futuro e inamovible; pasando por un segundo estado de desconsuelo total en el que el condenado se sumía en una pena profunda que le impedía pensar; hasta llegar a desenlace final, provocado quizás por el propio cerebro que en un último esfuerzo otorgaba al preso el analgésico de la lucidez y le permitía aceptar la Muerte.

Dedicar unos minutos a reflexionar sobre la propia Muerte, a pesar de no ser el tema de discusión preferido en los círculos más “normales” puede resultar, en mi humilde opinión, sano como expresión de la naturaleza humana. Sin arrojar demasiado datos, ya que esta es un mera aproximación “de bolsillo”, a este tema que inevitablemente me apasiona, son muchas las culturas en la antigüedad y algunas en la actualidad (como el culto mexicano a la Santa Muerte) que veneran, respetan y, en términos generales, hablan sin tapujos de la Muerte.

Estas son unas humildes pinceladas sobre este apasionante tema.

Todo comentario, opinión o punto de vista sobre el mismo será valorado ampliamente y agradecido.

Buenas noches

NOTA: Agradecimiento especial a Paloma Canseco por dar forma gráfica a una de las representaciones más clásicas de la Muerte. De su pluma es la imagen que adorna este artículo.

 

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